7.11.06

La torre de cubos


Autora: Laura Devetach, Ilustración de tapa: Leticia Uhalde. Colección Libros del Malabarista, Ediciones Colihue. Año de edición 1994

Estos cuentos tienen sorpresas, son sencillos, realistas, están contados con total naturalidad y sin embargo, son muy especiales porque bajo la mirada de un niña, sin solución de continuidad, nos asomamos a un mundo que ni sospechábamos y que ella ha descubierto no porque un hada madrina vino de la nada y la tocó con su varita mágica, ni porque le ha pedido un deseo al genio de una lámpara y mucho menos porque cuenta con los recursos de ilusionismo de un Harry Potter. No, aquí una simple niña mientras espera a su mamá que ha ido a hacer las compras, detiene la construcción de una torre de cubos para incluir una ventana y esa ventana, por la que mira sin querer, se abre a un paisaje de ensueño, donde unas cabras blancas suben y bajan por una montañita de colores, los mismos colores de sus cubos.
También aparecen un barquito con marineritos de papel ansiosos de encontrar el mar y un deshollinador que busca el Obelisco en Buenos Aires, al que imagina como una gran chimenea que debe necesitar de sus servicios pero se lo encuentra habitado por un sinnúmero de ruidos: bocinas, sirenas, motores y todos los sonidos que pueden conglomerarse en una gran ciudad. Una y otra vez aparece por estas páginas, un personaje inesperado para estos tiempos de grandes efectos especiales, es el monigote, esa emblemática figura “palito” que hace algunos años (estoy hablando de un tiempo en que no existía el marketing de los dibujitos y era posible, por ejemplo, salvaguardarse de la influencia de los Power Rangers) inundaba en miles de formas cuadernos, paredes y pizarrones. Una historia nos cuenta de un monigote que escapa de un muro para hacerle ganar un concurso de dibujo a Roque, un nene que está triste porque ha sigo injustamente castigado. Y otra historia, presenta un sinnúmero de monigotes habitando la pared de una casa humilde, donde una niña imagina un pueblo casitas de colores y lo dibuja con un pedazo de carbón entre las manchas de humedad de un muro de la cocina llena de goteras; y la niña descubre allí también que sus trazos cobran vida pero no pueden hablar y refunfuñan voces incomprensibles, hasta que una milagrosa sopa de letras les otorga el poder del habla y los dibujos parlotean sin cansancio. Y a propósito de esto último, esta recuperación de la palabra de parte de los silenciados representa toda una metáfora de la propia vida de la autora, que dedica estos cuentos a todos los maestros que veinte años atrás a la fecha de edición que aquí se presenta, hicieron circular estas historias cuando no estaba permitido hacerlo. No esta nada mal entonces, desempolvar este libro y recuperar para todos, estas historias (terribles, como podrán suponer) de las que quien sabe porqué, alguien quizo protegernos.